PAISAJE CON PAJAROS

            Desde que vivo aquí llega con  una puntualidad de asombro. Llega justo para   unir el tiempo que queda entre los ùltimos dìas de mayo y los primeros e inciertos dìas de junio. Llega para darle certidumbre al mes en que todavía quedan hojas en los manzanos y para avisarme  que hay que tomar las manzanas que ya las hojas  no protegen. Y, por  supuesto, llega envuelto en  el perfume de aquellos bosques lejanos siempre verdes y azules donde vive. Llega, en fin, para  escarbar y encontrar  bajo el limo  de las hojas que el viento y la lluvia  dejaron en tierra hace  dìas, su alimento preferido. Y corre con sus patitas amarillas frente a mi ventana para que lo vea.  Entonces somos dos seres  que la vida comunica, digo  a  quienes la memoria  de la vida pone música. Porque lo que existe es memoria  y música.

             Ocurre que nosotros, quienes estamos  de este lado, pocas  veces nos damos cuenta que somos  memoria, memoria pura ,y que lo demàs es música. Porque vivimos la vida con  alboroto y en ocasiones hasta la prisa se nos desaparece  en medio de esta toletole  de los dìas y las  noches sin pausa. Olvidamos que vivimos en el sur, donde  los cielos cambian, pero que en el fondo siempre  son azules. Olvidamos que està la nieve y el agua pintando los volcanes, y que  de los bosques lejanos vienen pàjaros lejanos  envueltos en  un aire que  no vemos y que, asì, no desciframos sus mensajes, su música. Porque todo està hecho igual: para decirnos algo.

             Antes,  en  algún lugar de Filuco, aquí en el sur, habìa extensas arboledas de manzanos, bosques  de manzanos, cuyo  perfume atraía a pàjaros de otros bosques y que, ebrios de aromas distintos, cantaban  músicas   del tiempo de las manzanas. Yo era niño entonces y me  quedaba absorto, oyéndolos, felizmente extraviado en un  mundo que sòlo los pàjaros conocìan. Llegaban a eso de las nueve  de la mañana y se iban pasado el mediodía, cuando ya habìan dejado  su música vibrando en la arboleda. Aquel era un lugar encantado  que olía a manzanas y a  bosque, pero sobre todo olía a música recién hecha esa mañana, música del sur.

             Me volví a encontrar con ella entre Chi-Huìo y Maqueo, arriba en la cordillera y a  orillas del Maihue. En Chi-Huìo ,porque  cerca de la  casa donde estuvo Neruda habìa pàjaros rojos anidando entre  una rocas en el campo. Pàjaros que cantaban canciones de altura, con olor a mañìo y una extraña mezcla de laurel y a manzana de monte. Me los traje con  la mirada del alma hasta Maqueo, creyendo que aquí, a orillas del Maihue, no habrìa  pàjaros que cantaran como aquellos. Pero   en la compañìa de atender las barcazas que  cruzaban el lago transportando  gente ignorada, gente que  no se la  veía, acercándome a  ellas  y visitando los avances  que a diario llevaba el camino que iba rodeando   el lago hacia Hueinahue y Rupumeica, cerca de esas montañas, vi   llegar un día los  pàjaros, la memoria de los pàjaros que  en años lejanos  iban por el tiempo de las manzanas a  Filuco. Hasta aquí  habìan  volado y hecho  su  nido  en la memoria  musical  que era  su vida. El paisaje  del alma  habìa cambiado de lugar solamente, estaba intacto, fresco verde y azul. Y quien se detenga allà en lo alto del camino, concluido, mire  hacia el rìo Hueinahue que viene blanco de nieve   hacia el  encuentro con el lago, y alce su mirada màs allà hacia el lejano Caicayèn, verá  ,y oirá la memoria de los pàjaros lejanos que estàn vivos como ayer, porque la memoria y la música son  propias de la vida que uno regularmente no ve en medio de esta toletole que son  los dìas y las noches que pasamos quienes estamos de este lado.

            Ahora van a estar los puentes allì, sobre el Hueinahue y el Caicayèn, puentes que se vienen haciendo después del  camino. Puentes que nada sabrán de las discordias  entre un gobierno y otro: pues lo que nos importa a todos de verdad es  el encuentro de aquellos compatriotas que  desconocidos e ignorados por mucho tiempo, vamos a saber que existen, que estàn  allì   detràs de las montañas y  el agua, allì donde guardan los pàjaros  el paisaje  blanco y azul del  sur, que es, de alguna manera creo yo, el paisaje de nuestra alma, que es un paisaje con pájaros, digo con alas .

 

 

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS
Cerrar